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  • Raúl Castañón del Río

    Autor:

    Raúl Castañón del Río, un escritor artesanal que se inspira viajando Acepta el reto de transformar inspiraciones en historias que contar en los libros

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Territorio WhatsApp

Territorio WhatsApp

Sinopsis

Territorio WhatsApp nos amplía en clave literaria la cobertura de los teléfonos móviles, presentándonos esta original colección de relatos cortos. Son relatos descritos a partir de las historias personales e interpersonales de los numerosos personajes que discurren por las páginas del libro. Un libro donde los perfiles humanos cobran valor y protagonismo por delante de la era tecnológica, que muchas veces aísla tanto como comunica.
En las páginas de Territorio WhatsApp encontraremos abundancia de amor, desamor, humor, y no pocas demostraciones de nostalgia del siglo XX y la mayor vida social que se tendía entonces entre la gente. A lo largo del libro el lector conocerá distintas realidades y mentalidades, los puntos de vista cambiantes de los distintos relatos plasmados en una diversidad de sentimientos que abarcan todos los estados de ánimo y etapas de la vida. Hay, por tanto, historias de corte urbano, romántico, psicológico, jocoso, contemporáneo y generacional, en una permanente y sentida defensa del lenguaje y la comunicación interpersonal como afirmación de la convivencia.

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Texto de Muestra

TERRITORIO WHATSAPP

 

(LO QUE DE OTRA FORMA NUNCA PODRÍAS LEER)

  

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A la letra escrita y al progreso tecnológico, sin perjuicio de la educación

 

DE ISLAS Y VIAJES. 4

SCHWARTZ. 7

PULIDO.. 9

DE GENERACIONES Y ESPONTANEIDADES. 47

ERRORES, AMORES, HORRORES. 64

ESTACIONES. 117

FINALES. 139

 

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DE ISLAS Y VIAJES

 

 

 

No nos habíamos visto nunca y casi ni nos miramos entonces, atrapados por igual en el atardecer monumental, él primero y yo al punto. Pero no importó, nos hermanamos enseguida. Fue como si me alargase una tarjeta de visita muy personal. No había letra impresa, pero se leía con toda claridad su buen gusto al cuadrarse ante una puesta de sol tan espectacular. El Sol bajaba con poesía, y el sosiego caído del cielo hacía declinar cualquier ruido. El mismo pitido de llegada de un wasap resonó intempestivo en la quietud casi extática de la tarde. Si lo escuchó, hizo caso omiso del teléfono. El hombre seguía siendo una estatua en honor de aquel cielo.

            –Precioso, ¿verdad? –comenté sin elevar apenas la voz.

            –Majestuoso. Como tantos otros –añadió él en un susurro.

            –Ojalá pudiera fotografiarlo con una cámara profesional. O mejor, saber pintarlo. Así no se perdería en la noche.

            –Con recordarlo muchos años ya estaría a salvo del olvido en nosotros –me respondió sin apartar la mirada del cielo–. Yo colecciono atardeceres en la memoria y a veces terminan superpuestos allí, belleza sobre belleza, eclipsándose unos a otros a través del tiempo.

            –He de irme, me esperan –recuerdo que mentí tras agregarle un lapso de silencio contemplativo al encuentro. Una mentira venial de todo punto para aumentar el disfrute y la retentiva del hombre convertido en estatua de luz.

            Acaso ya un poco contagiado de aquel coleccionismo inusitado, más adelante busqué un hueco solitario para seguir admirando el atardecer. Encontré el acomodo propicio de una costana cortada por obras, y desde allí vi extinguirse aquella fugaz obra maestra de la naturaleza. Al llegar a casa ya me preguntaba cómo sería el próximo atardecer que me parase a contemplar.

            Antes de dormirme imaginé un mundo ideal cercano al primigenio. Desde allí conjeturé que el wasap que el hombre del paseo no quiso atender solo podía ser el de alguien avisándolo de un nuevo cielo coleccionable o, como mucho, una respuesta cómplice a un aviso previo suyo en el mismo sentido.

            Y oscureció después también en la habitación, y en la consciencia. Fusiones en negro encadenadas tras del crepúsculo extinto, grabado a fuego no obstante en mi memoria visual.

Qué bien dormí esa noche. Y qué limpio amaneció el día siguiente, pintado del rosicler inaugural de mi nueva perspectiva: la del mayor relieve para las pequeñas cosas.

 

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Vaya ruido más insoportable. Suena como un estallido sin final dentro de mi cabeza; me tiemblan hasta las ideas, las pocas que tengo. Llevan todo el día perforando el suelo y de paso mi cerebro; o lo que queda de él, porque lo tengo hecho fosfatina ya. Primero volatilizaron el edificio de al lado, y ahora perforan y perforan a un ritmo infernal para asentar otro nuevo en el solar de mis nervios. Seguro que el edificio nuevo no lo tumba ni un terremoto, de tan hondo como lo van a plantar. Si siguen bajando a este ritmo por algún tiempo más, van a terminar por cumplir la profecía literaria de Julio Verne en el mismo centro de la Tierra. Porque las vibraciones de la perforación parecen adelantar el fin del mundo sin faro que lo ilumine ni lectura que lo distraiga.

Y siguen. Siguen perforándome hasta el túetano y reduciéndome a escombros la existencia; no cejan ni por un momento en su empeño de acabar conmigo. Es enloquecedor. Ni con el aislamiento del doble cristal puedo concentrarme en leer o en ver cine; ni siquiera puedo abrir la ventana para coger aire porque entonces es que me taladran los tímpanos, además de llenarme entero de polvo. Tampoco puedo hablar por teléfono, no oigo lo que me dicen ni casi lo que digo en medio de este maldito pandemónium decibélico. Ni mucho menos podría oír el aviso del wasap recién llegado, pero sí advertirlo por la vibración en el bolsillo del pantalón. El WhatsApp, por razones de brevedad, es el único entretenimiento que veo practicable en este caos. A ver qué me cuenta ahora. ¿Qué si salgo a dar una vuelta? Bah, no me apetece. Como en casa, en ningún sitio.

  • Createspace
  • Idioma Español
  • Traducción:
  • 192 páginas
  • Formato Tapa blanda
  • ISBN 978-1500798482

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