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  • Elisabeth G. Iborra . Instantánea de Ana Port

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    La magia de Ana Portnoy detrás de su cámara. Retrato de Elisabeth G. Iborra , autora de Sin Grecia no habría más mundo (civilizado) que recorrer

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Sin Grecia no habría más mundo (civilizado) que recorrer

Sin Grecia no habría más mundo (civilizado) que recorrer

Sinopsis

Dicen que no viajamos para cambiar de lugar, sino de ideas.

Miss Lizzy Fogg, alter ego de la conocida periodista y escritora Elisabeth G. Iborra, una de las autoras más rompedoras del momento, nos describe en sus divertidas y aleccionadoras crónicas, cómo las mujeres del siglo XXI, liberadas, sin tapujos, hipocresías ni pelos en la lengua, han perdido el miedo a viajar solas con su mochila, pasaporte y tarjeta de crédito, y emprenden viaje sin más ambición que disfrutar, cada una a su manera, de lo que este mundo les ofrece.

Su periplo por 33 sociedades y culturas comienza con esta primera crónica sobre Grecia y sus maravillosas Islas.

Las 33 zonas del mundo por las que Lizzy viajará, reirá y descubrirá la Historia, el arte y la cultura de los diferentes lugares del planeta, además de conocer a muchas personas y atravesar por situaciones divertidas o interesantes, abrirán (más aún) su mente y le llevarán a crecer como persona.

¡Sigue sus pasos y descubre cómo te reciben con los abrazos bien abiertos en los mejores sitios!

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Texto de Muestra

ÍNDICE

Prólogo

Sin Grecia no habría más mundo (civilizado) que recorrer

    La Atenas contemporánea sí que mola

    Kolonaki de diseño

    Mis soñadas islas griegas

    Santorini, bella pese a ser turística

    Naxos, a nado

    Las Cícladas Menores y la linda Amorgós

    Navegando por las islas sin masificaciones

Datos útiles

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

Mi vuelta al mundo no podía empezar por ningún otro lugar que no fuera Grecia, porque, para mí, que sacaba matrículas de honor en griego y en filosofía, soy así de rarita, es la cuna de la civilización occidental. Yo bebo de sus aguas y salgo de sus raíces, traduje a sus clásicos y me imbuí de su
cultura ya desde adolescente, aunque ahora no me acuerde de una sola palabra, la verdad sea dicha.

Durante demasiados años, fue una cuenta pendiente en mi atlas personal. Necesitaba ir y confrontarme con el Olimpo, dar las gracias a Zeus, Afrodita and company por los servicios prestados y, sobre todo, pasearme por el lugar de los hechos, de tantas hazañas como las que a mí misma me da por protagonizar desde que tengo uso de razón pero prefiero no usarlo.

Aquí empieza el periplo de Lizzy Fogg y por eso hay pasión, hay aventuras, hay sorna, hay imprevistos, hay buen humor y mucha improvisación, como quien se deja llevar por el destino que le tengan preparado los dioses. 

Y tú solo tienes que dejarte coger de la mano y fluir por esos mundos tan de leyenda hecha realidad. Es fácil viajar si sabes cómo. Y aquí encontrarás todas las claves, no solo para andar sobre seguro, sin cometer mis mismos errores, sino para entrar con buen pie en los sitios, no meter la pata culturalmente hablando, no pisotear costumbres y conocer los trucos imprescindibles para que te reciban con los brazos abiertos en los mejores sitios.

Incluso en Atenas, esa capital que tantísima gente que ha ido insiste en calificar de fea, esconde cantidad de rincones bellos, atardeceres imperdibles y bares y restaurantes donde probar esa estupenda gastronomía que va más allá del gyros tipo kebab. Hay que abrirse a las capitales para descubrir lo que las guías no cuentan, su vidilla social y cultural. Un detalle a tener en cuenta: El libro está escrito durante mi viaje en 2009, antes de que la crisis asolara el país heleno, así que probablemente el ambiente en la capital no sea tan maravilloso ni ocioso como entonces, pero tampoco creo que estén en sus casas llorando las penas. A los griegos les gusta disfrutar de la vida como a todos los vecinos del sur de Europa.


¡Sumérgete en la cultura helénica con la pasión de Lizzy Fogg!

 

 

 

 

 


SIN GRECIA NO HABRÍA MÁS MUNDO (CIVILIZADO) QUE RECORRER

Si hubiera nacido en la antigua Grecia habría sido prostituta y me habría llamado Eleftheria.
Esto, que en principio suena fatal, es increíblemente pretencioso contra todo pronóstico. Primero porque las prostitutas (hetairas) eran de las escasas mujeres que tenían una formación y podían relacionarse con hombres sin agachar la cabeza, departiendo con tipos de la talla de Sócrates o Platón, sin que ni ellos ni sus discípulos, ni mucho menos los próceres de la ciudad, se atrevieran a chistarles. Como, por otra parte, habrían hecho con sus sumisas esposas si las hubiesen dejado salir de sus casas para algo más que para comprar el pan de pita, claro.

Segundo, porque con el nombre de Eleftheria se denominaba a las mujeres decididas, fuertes, seguras de sí mismas, elegantes, autónomas, que no tenían miedo a nada pero que daban cierto miedo, especialmente entre la población masculina, según dejó escrito Michael Clark.

Dadas ambas definiciones, y salvando las distancias, que datan de más de 3.000 años de antigüedad, me doy cuenta de que el mundo, a ciertos efectos, no ha cambiado apenas, pues las mujeres seguimos prácticamente divididas en esos dos tipos. Ya sabéis eso de que las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes, ¿no? Pues yo soy de esas. 

Mientras no me tenga que quedar en casa jugando con las muñecas a mamás y a papás, que piensen lo que gusten. Tengo claro lo que elijo entre ir al parque con los niños y estar en la antigua ágora griega emulando a los filósofos clásicos que sentaron las bases de nuestra civilización (y amueblaron mi cabeza al traducir sus textos en el instituto). Lo cual no significa que la primera opción esté mal ni que no vaya a ser prioritaria en algún momento de mi vida; simplemente, hoy por hoy prefiero esto: ser la hetaira Eleftheria en versión española. Y que Atenea me bendiga, ya que estoy por su tierra, donde no hay más que ver la magnitud de los templos que construían en su honor para hacerse una idea de la veneración generalizada hacia esta diosa.

Hay muchas diosas griegas que una mujer puede ser, según la psicóloga junguiana J. Shinoda. Bolen. Si lo tuyo es pulular, ríndele culto a Afrodita, que te comprenderá divinamente. Como buena diosa del amor y del erotismo, predicaba con el ejemplo, seduciendo a todo dios que se meneaba. Cuando digo «dios» me refiero exactamente a «dioses», de esos de la mitología griega; si bien algún mortal también cayó ante sus insinuaciones y luego se levantó por la mañana creyendo que había tenido un sueñecito erótico. Claro que ligarse a un vulgar creyente no tiene mucho mérito, porque a ver quién tiene narices a resistirse a una diosa caprichosa y voluptuosa. A mí Afrodita me cae muy bien, no quieras saber por qué. Artemisa no me gusta porque se dedica a competir con los hombres y ese efecto péndulo en el que estamos cayendo las mujeres de hoy en día me parece demasiado agresivo y desafortunado contra unos pobres tíos que no son los culpables de milenios de patriarcado. Pero tampoco hace falta ser como Palas Atenea y mimetizarse con ellos copiando el modelo machista y sumiso, ni como la monjil Hestia.

Si eres más bien tímida y te cuesta relacionarte, lo más probable es que te sientas identificada con Perséfone, mientras que si tu instinto maternal está a
flor de piel desde que naciste, Deméter será tu ídolo.
Si te puede la vocación de fiel esposa, adorarás a Hera, y másale que te conceda un buen esposo.

Una vez tengas claro el prototipo divino que te corresponde, ya puedes intentar hacer un ejercicio de imaginación para adoptar tu papel en la antigua
Acrópolis, cuando estaba entera, cuando no habían pasado por allí milenios repletos de asaltantes, incendios provocados por conquistadores bárbaros o por terremotos y rayos caídos del cielo con muy mala pipa. Cuando el invasor de turno no había intentado todavía remodelar a su estilo religioso los edificios de mármol pentélico construidos para perdurar toda una eternidad en honor de los dioses, Zeus y todos sus colegas. Imagínate paseando por el ágora, la plaza pública, charlando sentada en un banco bajo los árboles estratégicamente plantados para no morir a las brasas de ese sol que parece concentrarse en dar calor a Grecia. Corriendo hacia el templo a hacer la ofrenda semanal, viendo el Festival de las Dionisíacas en el Teatro de Dionisio con la consiguiente fiesta de inauguración (no hemos inventado nada). O perdiéndote entre los jardines con algún amante que te coge de la mano para evitar un resbalón en los brillantes escalones de mármol. Imagínate bajo esas esculturas alineadas ahí arriba, muy por encima de tu cabeza, recordándote quién es quién y lo pequeña e insignificante que eres tú, mera criatura mortal.

Al final, eso es lo que te enseña la Acrópolis, que todos somos mortales, que todo es perecedero y que está destinado a desaparecer, que podemos sentirnos prescindibles... pero que al final algo siempre queda. 

Solo por eso, como mínimo, merece la pena hacer lo que deseemos, aunque parezca una locura, por si acaso no lo hace nadie más. Puede que el legado no sea magnánimo como la Odisea, que ni siquiera te feliciten por ello, pero todo lo que hagamos tendrá un efecto, por minúsculo que sea, en el mundo o en alguien, aunque sea en una misma, que ya es mucho a veces.

Qué pensarían los ciudadanos de Pericles cuando se propuso reconvertir en la cuna del arte griego aquellas cenizas a las que los persas habían reducido la primigenia ciudad divina. El proyecto era tan ambicioso que seguramente el tipo no consiguió verlo realizado en vida, pero mira tú, gracias a su empeño ahí tienen los griegos como atractivo turístico mundial el Partenón, que aún levanta sus columnas erectas hacia Atenea, como las del Erecteion, un santuario al que le faltan las estatuas de Atenea y Poseidón, pero que al menos se mantiene bastante en pie. Otros templos de
los muchos que se elevaban en el área mítica no han corrido la misma suerte. Sin embargo, no hay que ser pesimista: La Estoa de Átaloy el Templo de Hefesto en la antigua ágora permiten contemplar a gran escala lo que las maquetas intentan recrear y el nuevo Museo de la Acrópolis o el Museo Arqueológico Nacional recogen a cachitos.

Sobre todo, sobre todo, aunque lo pienses, no digas en voz alta que ahí no hay nada más que un puñado de piedras. Objetivamente es cierto, pero yo si fuera diosa, te castigaría por el insulto a la Historia. Un respeto, por favor, que si no fuera por los griegos no sabríamos ni escribir.

En todo caso, nadie está obligado a que le gusten las ruinas ni a quedarse a vivir allí. Atenas emite suficiente modernidad como para empezar a investigar entre callejuelas. Partimos de la base de que a muy poca gente le gusta la capital helénica. La mayoría de los turistas pasean por Plaka y poco más. Bajo esas premisas es imposible que te guste un sitio, abordada por vendedores de las tiendas, camareros de restaurantes donde casi te empujan para entrar y te esquilman al salir con la cuenta, rodeada de cien mil fotografiadores y fotografiados que se paran en cada esquina y a los que casi les tienes que pedir turno para ocupar su lugar.

  • Talismán eBooks
  • Idioma Español
  • Traducción:
  • 80 páginas
  • Formato
  • ISBN 978-84-943328-1-4

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