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La Historia de una Cenicienta

La Historia de una Cenicienta

Sinopsis

La "Historia de una Cenicienta" cuenta la historia de Costanza de la Cruz, una joven de origen humilde que después de la muerte de su madre recibe la invitación de una rara señora, que le propone de vivir en su casa para cumplir con una promesa que había hecho a su madre hace mucho tiempo. La chica acepta aunque es muy reticente.

En Turín, entra en contacto con la Alta Sociedad, un mundo falso y engañoso que intenta varias veces de golpearla y destruirla.

Costanza conoce a Julian, el nieto de Clarissa; ella empieza odiándolo con todas sus fuerzas por su carácter arrogante y orgulloso, pero al mismo tiempo, queda terriblemente fascinada. Él es demasiado seguro de su magia encantadora e intenta conquistarla, pero... muchos secretos e intrigas los separan. El amor tendrá su lugar o su expresión romántica será eclipsada por la maldad y la perfidia?

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Texto de Muestra

Prólogo

“Había una vez...”

 

-Costanza-

Recuerdo la lluvia que acariciaba mi piel, ensuciaba mi ropa obscura y ligera, recargándola bajo su manto frío y asfixiante.

Recuerdo los ojos enrojecidos después de muchas lágrimas, incapaces de llorar otra vez; ojos que miraban un cielo plomizo, buscando respuestas, explicaciones imposibles.

Recuerdo el dulce perfume de las flores alrededor de mí, que rozaba, dejándome aturdida y distante.

Recuerdo la lápida sepulcral blanca e inmóvil, con su nombre escrito con caracteres elegantes, su visión destrozaba mi pecho, intensificando mi dolor.

El nombre de mi madre

Recuerdo la mano de mi padre, que suave acariciaba mi espalda, incapaz de comunicar con palabras concretas lo que solamente los gestos podían transmitir.

Simplemente, no estaba lista para dejarla ir definitivamente. No podía creer que ella no podía creer que ella nunca viviría los momentos más importantes de mi vida, a mi lado.

Recuerdo el intenso vacío y el miedo: el miedo de no tener éxito, el miedo de pasar página y seguir adelante sin su presencia, su liderazgo y su amor.

Tenía veintiún años y aún me sentía como una niña asustada y desvalida. Una niña colocada delante de un terrible cambio inevitable.

 

Capítulo 1

“… y todavía está”

 

“El oxígeno quema en tus pulmones; braceas en un mundo que nunca más te pertenece, atollada en el dolor más túrbido y oscuro. Te mueves muda, sorda, sin colores ni sabores; rodeada por los restos de tu pasada existencia, sin poder hacer nada más que mirar hacia adelante, y no darte por vencida. ¡No estás muerta, levántate! Es solo otra prueba que la vida te pone en frente.”

 

-Costanza-

Nunca me gustaron los cambios radicales. No los temía, pero me suscitaban una fuerte inquietud en el pecho. Se dice que nunca hay que dejar el camino viejo por uno nuevo, ¡existirá una motivación! Y sin embargo, llega un momento en nuestra existencia, en el cual el cambio deviene un factor necesario en la ecuación de la vida. Cuando menos te lo esperas llega algo que vuelve el mundo al revés y te fuerza a tomar decisiones impensadas.

Hace un año, nunca habría creído poseer la valentía de dejar improvisamente mi casa, mi padre, los afectos más queridos que me ataban al pequeño pueblecito, perdido en la campiña toscana, donde nací y me crié: Barberino de Mugello. No antes de la muerte de mi madre. La vida cotidiana normal, que hasta entonces siempre había considerado mediocre, se había convertido en la búsqueda de un espejismo en un desierto de dolor. Se habían apagado las luces, se había caído el telón: entonces me di cuenta que las cosas, inevitablemente, ya nunca volverían a ser como antes.

Veía a mi pobre padre luchar enormemente para llegar a fin de mes y conquistar el dinero necesario para sustentarnos con un único sueldo; había tentado la propuesta de encontrar un trabajo yo también, ¡pero él se negó categóricamente! Más de una vez me había asegurado que todo habría pasado, que las malas situaciones se habrían vuelto positivas, que mi único deber era estudiar duro, para lograr la construcción de mi futuro, pero todo eso me hacía sentir inútil y terriblemente pesada sobre los hombros de la familia.

Un día como los otros llegó una llamada totalmente inesperada. Me heló la sangre en las venas y mi pecho se convirtió en un iceberg. Mi primer impulso fue el de rechazarlo al instante.

¿Por qué, de repente, una señora rica de Turín quería ofrecerme buena comida y alojamiento en su hermosa casa, pagándome incluso los estudios, sin querer nada a cambio? Y después, ¿por qué razón tenía que dejar atrás toda mi vida? Preguntas que nunca tuvieron una respuesta, que se esfumaron como arena arrastrada por las olas del mar, cuando escuché esas palabras: ‹‹Me lo pidió Mirella.››

Dejé de buscar una excusa, simplemente me confié al curso de los acontecimientos. Mi madre me amaba más que a sí misma, y si había querido esto para mí, entonces era probable que habría resultado ser la elección correcta.

Patricio, mi padre, al principio, había mostrado un poco de renuencia y no estaba dispuesto a verme partir, pero al final, había secundado, como siempre, mis aspiraciones.

Recuerdo el día en que me fui. Era el comienzo de octubre y los primeros signos de frío comenzaban hacerse sentir. Envuelta en una chaqueta aún demasiado ligera y las maletas a mi lado, me senté en el coche, esperando la llegada de mi padre. Thor, mi alano, que tanto insistí en llevar conmigo, roncaba con fuerza en el capó de la camioneta.

Vi ante mis ojos, veloces como dardos, todos los caminos conocidos de mi infancia; los aromas de la campiña toscana me habrían acompañado en mi nuevo hogar, como el verde, los colores de cobre y amarillo del otoño. Tragué el nudo en mi garganta y me armé de valor para no llorar, no quería dar otras preocupaciones a mi papá.

Cuando llegué a la finca Carignani, pensé de inmediato que tenía que ser un error y que había fallado la destinación. Hectáreas y hectáreas de bosques y campos se extendían hasta no poder verlos muy cuidados y exuberantes. El área principal se componía de un majestuoso castillo, aunque restaurado y modernizado, no había perdido la belleza de la estructura original. Mi padre silbó con asombro.

‹‹¡Hostia!, amore mio, es un paraíso.›› Yo, simplemente, me había quedado sin palabras, me limité a asentir y a apretar con mucho nerviosismo la correa de Thor, en la palma húmeda de mi mano. Casi podía imaginar ver, de vez en cuando, en el medio del patio, caballeros y caballos.

Pero los únicos caballos, que, de hecho, tuve la oportunidad de admirar, fueron los que estaban rugiendo de potencia bajo el capó de un magnífico Jaguar de color negro metálico. Apareció, desde una calle lateral, silencioso, depredador, levantando una nube de polvo en la carretera.

Salió una mujer madura y distinta. El pelo largo y plateado, recogido en un moño elegante adornado con un hilo de perlas, la misma pureza en un collar adornaba su cuello de cisne todavía largo y elegante. Era delgada y menuda, sus movimientos se parecían a los de una bailarina de música clásica, agraciados y ligeros. Sonrió amablemente en nuestra dirección, a pesar de que sus ojos de un cielo azul claro, se hubieran quedado fríos y sin expresión. Me tendió la mano y yo la cogí incierta.

«Señor De La Cruz, Costanza, bienvenidos.» Nos saludó con voz decidida.

«Clarissa, encantado de verla otra vez» contestó mi padre un poco incómodo.

«¿Quizás quiera cenar con nosotras, Patricio?» preguntó la mujer, con tono cortés pero determinada.

«No, gracias por el ofrecimiento. Tengo que regresar a la Toscana y el viaje es bastante largo.» Acabó de decir mi padre, rozando mi mejilla con sus labios y pinchándome con su barba erizada casi completamente blanca. Era su manera de saludarme, las palabras no eran necesarias.

Observé su alejamiento, desapareciendo detrás de los árboles y sentí distintamente que los iris agudos de Clarissa me estaban apuñalando las espaldas.

«Ven querida, te muestro la casa y tu alojamiento» me dijo simplemente, pasándome un brazo alrededor de mis hombros y guiándome a la entrada de la finca. Me limpié apresuradamente dos lágrimas fastidiosas que habían humedecido mis ojos y luego la seguí acompañada por Thor.

Una doméstica abrió la enorme puerta de caoba oscura, dejándonos entrar.

 

En el hall de entrada, los pisos brillaban con colores maravillosos, hábilmente dibujados con diseños intrincados y artísticos; una enorme araña de cristal reflejaba la luz, que brillaba como una estrella robada del cielo. Algunas brasas, que aún ardían, humaban de una chimenea cálida y caliente. Los artesonados del techo de madera embutido sobresalían majestuosos, haciendo un buen espectáculo y proclamando en voz alta los antecedentes sociales de los propietarios de la casa, mientras que una escalera de piedra pulida daba acceso a las plantas superiores.

Me sentía muy incómoda con la Dueña y completamente cautivada por las maravillas sobre las cuales mis ojos posaban curiosos su mirada.

«¿Quieres tomar un poco de té, querida? Me gustaría hablar un poco contigo, mientras que preparan tu cuarto.» Sonreí con timidez y dificultad, pero contesté afirmativamente. No me habría molestado conocer algunas verdades.

Clarissa dio algunas breves instrucciones a la camarera, y después me invitó a tomar asiento en un salón muy acogedor, dispuesto alrededor del fuego. Me hundí en la cómoda silla de cuero negro, tratando de sentarme tranquilamente, ajustándome la falda rizada por encima de las rodillas.

La mujer se sentó frente a mi asiento, uniendo las palmas de sus manos; un grande rubí escarlata brillaba del medio de su mano derecha, como el sol cegador.

«Me complace que haya aceptado mi propuesta, Costanza» empezó su discurso con una sonrisa, pero sin entusiasmo.

«Me siento halagada por su generosidad, Señora Carignani, pero tengo que ser sincera con usted. La razón de su disponibilidad sigue eludiendo mi mente. ¿Conocía bien a mi madre?»

Le pregunté todo en un suspiro antes de que me faltara el coraje de pronunciar esas palabras, mientras que la criada posaba – en una pequeña mesa – dos tazas rebosantes de infusión y una bandeja llena de pasteles secos.

«¿Uno o dos terrones de azúcar, querida?»

«Uno, gracias.» El dulce paralelepípedo se hundió en el líquido con un suave golpe, y luego hubo un silencio incómodo, llenado sólo por el roce de cucharas de plata en el servicio de porcelana.

«Era exactamente de esto de lo que quería hablar contigo…» siguió Clarissa, después de una pausa interminable. «Conocía muy bien a tu abuela y, cuando se enfermó y murió, me dio a tu madre… ¡que descanse en paz! Crié a Mirella como si fuera mi hija.»

Mis ojos se abrieron por la sorpresa; ¿entonces porque mi madre nunca me había hablado de esa mujer?

«Entiendo tu confusión. Por desgracia los acontecimientos de los que no te puedo dar explicación, han provocado un alejamiento sin remedio y nuestra relación se comprometió, pero yo no te voy a aburrir con estos recuerdos inútiles. Estoy de verdad muy feliz de tenerte aquí conmigo, me recuerdas increíblemente a tu madre, mi pobre hijita, que me negó demasiado pronto su cariño y la perdí para siempre.»

Me arreglé el cabello, sin saber que decir, así que hablé de prisa, diciendo la primera cosa que pasó por mi mente:

«¿Tiene otros hijos, Señora Carignani?»

El dolor y la pena se habían filtrado claros y vividos por sus palabras y yo había querido saber en qué medida, aquella anciana mujer se había sentido sola y abandonada, después de la vuelta de mi madre; si el vacío dejado por Mirella había sido la real motivación de la frialdad que filtraba por sus gemas de hielo, a pesar de la sonrisa que modelaba sus labios. Clarissa dejó la taza sobre el platillo, entrecerrando los ojos, muy pensativa.

«Si, tenía un hijo, nos dejó el año pasado, a causa de un terrible accidente de avión.»

Ansiosa contuve la respiración, parecía que nunca decía algo inteligente o adecuado a la situación.

«Lo siento, de verdad, lo siento» dije susurrando y bajando mi rostro.

«Dios quiso llamar muchas personas queridas a mi corazón, dejándome sola vagando sobre esta tierra, con pocas esperanzas, me gustaría enormemente si tú pudieras ser una de ellas» dijo con voz muy baja, acariciando suavemente mi mano. No pude contenerme en sonreír, tal vez yo misma necesitaba a alguien que me cuidara, ahora que mi padre estaba lejos y mi madre había desgraciadamente fallecido.

«Me gustaría muchísimo, Señora Carignani» contesté con los ojos llenos de lágrimas y de conmoción.

 

Una doméstica me acompañó por un ancho pasillo forrado con fotografías y retratos de la familia, más o menos recientes, hice pequeñas pausas para admirarlos rápidamente. Muchas caras amarillentas por el tiempo contaban historias de tiempos pasados, de un antiguo esplendor nobiliario, que con mucha dificultad habría regresado. Más adelante, al lado de una puerta de madera tallada, había una imagen más reciente: dos personas poco más que adolescentes, sonreían frente al objetivo de la cámara abrazándose con cariño. Con duro trabajo reconocí las características frescas y delicadas de la chica de la pareja abrazada, era la joven Mirella, que parecía muy feliz.

«Es la única imagen que la Señora tiene de su hija adquirida, es muy importante, por eso, la quiso tan cerca de la puerta de su habitación. El último pensamiento de todos sus días es para ella.» Asentí con la cabeza, todavía aturdida, y pasé a la siguiente imagen. Había un espacio considerable entre ella y las que la precedían como una especie de tiempo vacío. Parecía que a partir de la instantánea de la vida robada de esos dos chicos, Clarissa no había querido recopilar más fotografías hasta una más reciente apostada por el pasillo, justo al lado de las dos últimas puertas. Era una foto de desnudo artístico en blanco y violeta y retrataba un modelo muy encantador. El chico se ponía de espalda y su atractivo perfil resaltaba entre las sombras, atrapado en el acto de mirar detrás de sí mismo. Los músculos del tórax eran firmes y flexibles. Thor, a mi lado, gimió atrayendo mi atención y me distrajo de esos pensamientos.

«Veo que usted también se quedó encantada por el Jovencito» se rió la sirvienta.

«¿El “Jovencito?» pregunté con curiosidad.

«Sí, él que está admirando es Julian Carignani, el nieto de la Señora» Un feroz enrojecimiento involucró mis mejillas, mientras que la puerta de al lado de la imagen se abría y se me mostraba mi habitación.

  • Genesis Publishing
  • Idioma Español
  • Traducción: Roberta Calaudi
  • 200 páginas
  • Formato Electrónico
  • ISBN 978-88-98769-56-8

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