myLIBRETO

anagrama de myLIBRETO
  • Portada de imposible pero incierto H P lovecr
  • Portada de imposible pero incierto H P lovecr
  • Escritor independiente cordobés

    Autor:

  • Puente de San Rafael
  • Córdoba al día
  • Fantasía, terror y ciencia ficción
  • Humor
  • Literatura y ficción
  • Novelas
  • friki
  • llamada
  • yog sothoth
  • desapariciones
  • niña
  • satánicas
  • picatrix
  • necronomicon
  • Abdul Alhazred
  • charles dexter ward
  • Eduardo Mendoza
  • Terry Pratchett
  • Christopher Moore
  • john kennedy toole
  • sobrenatural
  • preternatural

Imposible pero incierto

Imposible pero incierto

Sinopsis

¿Hasta donde llegarías por salvar una vida? ¿Y por salvar tu ciudad? ¿Y por salvar el mundo? 
Años 90. Córdoba.  Dos universitarios gamberros, Felio y Ramiro, descubren por casualidad durante una noche de juerga a unos enigmáticos encapuchados que realizan un ritual de magia negra en la Mezquita
Los siniestros planes de una peligrosa secta para despertar un mal antiguo y monstruoso que yace latente en las entrañas de esta urbe milenaria serán objeto de una emocionante investigación. 
Con esta novela terroríficamente divertida R.R. López profundiza en la combinación de humor, misterio y terror que caracteriza sus historias. 
Combinar el horror cósmico de Lovecraft con humor desternillante no es imposible, es “Imposible pero incierto”.

PDF

Texto de Muestra

Estimada lectora, estimado lector,

Dada la complejidad de los hechos narrados en esta historia, y por motivos de extensión, siguiendo la tradición de los «Lost Papers», o «papeles perdidos», es decir, archivos documentales de investigadores o autores que son encontrados a posteriori, y que completan aspectos y detalles de sus trabajos de investigación, para quien quiera ahondar en la trama de los hechos acontecidos en esta novela o contrastar determinados aspectos de la misma con documentación, iré publicando en mi blog, http://historiasquenocontariaamimadre.wordpress.com/, entradas bajo el epígrafe «Felio perdiendo los papeles», en los que pondré a vuestra disposición documentos y material adicional que aclararán ciertos puntos de lo narrado en estas páginas, completando así la vocación interactiva de esta publicación, iniciada con los enlaces a ciertos sitios existentes en Internet que contienen conocimientos impíos que no deberían ser revelados al común de los mortales, en aras de preservar su cordura, y que están incluidos en las páginas de este libro.

En su versión electrónica podéis pulsar directamente dichos enlaces, a medida os los vais encontrando en el texto, para seguir el vínculo.

Si, contraviniendo este aviso, decidís adentraros en las simas de oscuro terror y cósmica desolación que aguardan tras las revelaciones implícitas a este conocimiento arcano, sabed que podéis estar iniciando un viaje sin retorno a la locura.

Advertidos quedáis.

A más ver

R. R. López

 

CAPÍTULO 1: Voces en la oscuridad

 

«Que no hay muerto que yazga eternamente, y con ciertos eones puede morir la muerte».

―Extracto del Necronomicón, de Abdul Alhazred―

 

 

Era una noche oscura y callada, y fría como la madre que la parió. Si hubiera podido elevarme sobre los tejados habría contemplado cómo las tinieblas se cernían sobre el laberinto de líneas de empedrado y parches de tejas que formaban las angostas calles y añosas casas de la judería pero, como no llego a tanto, baste decir que caminaba en compañía de Ramiro por uno de los laterales de la Mezquita Catedral. Por alguna extraña razón, la luz de los focos y farolas de la calle que transcurría por esa cara de tan insigne monumento se había extinguido, y las sombras daban un aspecto tétrico y amenazador a los andamios que envolvían la antigua piedra como si de un gigantesco vendaje de hierros y planchas de metal se tratara. Estos debían su existencia a unas obras de restauración que, como todas las obras que se financian con fondos públicos, se estaban prolongando ad infinitum.

No esperéis que ahora tire del manido recurso de “¿qué quién soy yo?” y después me describa de pies a cabeza.

Si a estas alturas no sabéis quién soy, me da igual. Imaginadme como os dé la gana. Total, para lo que es el caso por mí como si me queréis imaginar con la cara de Brad Pitt y con un pene sobredimensionado (es solo una sugerencia).

Aquella noche habíamos asistido a la mesa redonda «El Fary, ente alienígena o icono cultural», promovida por el sector gafapasta de la ciudad en conjunto con el área de juventud del Ayuntamiento, en la que Antoine había participado en calidad de experto en la filmografía y carrera musical del astro; había reivindicado a capa y espada, por supuesto y como era de esperar, la hipótesis que abogaba por la naturaleza extraterrestre del artista como explicación a su peculiar físico e inusual talento.

Después, nos habíamos ido a tomar unas copas que en ese preciso instante estaban empezando a pugnar en mi interior por reincorporarse al ciclo del agua al que acaban volviendo la mayoría de los líquidos acuosos en un momento dado.

La oscuridad, debida al que suponíamos había sido un inusual apagón, daba al silencio reinante una cualidad ominosa, cuasi premonitoria de que algún peligro acechaba entre las sombras, lo que hacía que el inevitable resonar de nuestros pasos sobre las húmedas piedras de la calzada fuese el único sonido que nos atrevíamos a emitir. A mi siniestra caminaba Ramiro, que esa noche se quedaba en mi casa a dormir. Se había dejado crecer un mechón de pelo para hacerse una trencita, según él para gustarle más a las tías, aunque todos creíamos que lo hacía para ocultar una evaginación axonomórfica que había emitido el simbionte que lo dominaba, y que anidaba en el agujero infectado del zarcillo que llevaba en la oreja. Como su pelo era ensortijado, para evitar que la coletilla fuera una colita de cerdo, le había trenzado a todo lo largo varios trozos de cable flexible de color rojo de los que se usan para cerrar los paquetes de pan Bimbo, que le daban un cierto toque “tribal”, por llamarlo de algún modo.

Por lo demás su atuendo era el de siempre, pantalones negros de bolsillos, botas militares y sudadera de manga larga con una camiseta heavy por encima.

Conforme la inclinada calle descendía hacia el Arco del Triunfo, la llamada de la naturaleza se hizo más y más imperiosa y, al fin y al cabo, ¿quién era yo para interrumpir un ciclo que llevaba eones siguiendo su curso?

―Voy a sacar a la anaconda de paseo ―le espeté a Ramiro ignorando sus protestas, pues trataba de convencerme de que aguantara hasta llegar a casa dada la aprensión que le causaba el paraje circundante; me encaramé por las escaleras que subían hasta la base de los muros de piedra centenarios y me afané en que mi vejiga se descargara a gusto. Como la cosa iba para largo dejé vagar mis ojos por los andamiajes de la fachada bañada en tinieblas del edificio, con aire distraído, hasta que, en la parte más alta, se detuvieron ante un resplandor mortecino y amarillento que escapaba por un angosto ventanuco del interior del edificio. Intrigado y borracho como estaba no pude resistir el reclamo de tan seductor misterio.

―¡Rami, tío, mira, que aquí hay una luz encendida! ―susurré con voz pastosa a mi acompañante.

―Vámonos, Felio, que me duelen las varices. ―Trató de convencerme Ramiro.

― Venga, no seas moña, ven y mira esto.

―Es que en mi familia la circulación de retorno la tenemos hecha una mierda. ―Intentó reiterar, pero finalmente se acercó refunfuñando ante mis gestos de insistencia, viendo que no colaba la excusa.

―¡Qué raro! ―exclamó, situado en la base del muro, una vez su mirada hubo seguido la dirección que le marcaba mi dedo acusador―. ¿Quién coño estará ahí dentro tan tarde?

―Eso es Alá, que está echando horas extra ―Fue mi contestación―. Por cierto, ¿qué horas son ya?

Como respondiendo a su pregunta la campana de la catedral emitió un tañido que reverberó en toda la calle como una tétrica advertencia.

Ambos nos miramos presas de la congoja. Otro, aún más resonante. Por una obvia asociación de ideas comencé a oír en mi cabeza la canción Hells Bells[1], de AC/DC. El edificio terminó su alocución con un tercer doblar de campanas indicándonos que eran las tres de la madrugada, una hora más que razonable para irse a casa, tras lo cual se restituyó el plúmbeo silencio.

Pasados unos instantes recobramos la compostura.

―No hay huevos de subir a ver quién es. ―Lancé el reto a Ramiro.

―Felio, me cago en ti y en tus tajadas atléticas ―repuso él, pues era tradición en mí ejecutar, cuando iba pasado de copas, complicados actos acrobáticos y de malabarismo (en lugar de ponerme agresivo o ensalzar los valores de la amistad) que solían acabar con desastrosos resultados para mi persona y para el mobiliario urbano y demás bienes públicos, lo que finalmente solía atraer a algún representante del orden, que al parecer eran grandes admiradores de mi buen hacer farandulero.

―Venga Rami, enróllate. Seguro que nunca te has subido a un andamio.

―Pues la verdad es que nunca había sido una de mis metas vitales ―se planteó Ramiro con aire pensativo.

―Bueno, tú quédate aquí abajo ―decreté con una vocalización tan buena como el exceso de alcohol me permitía―. Agárrame si me caigo. ―Con estas palabras comencé a trepar entre los tubos oxidados y las planchas metálicas humedecidas por la lluvia de hacía unas horas.

―Sí, te voy a coger al segundo bote ―me respondió Ramiro mientras se frotaba el torso con los brazos tratando de alejar de sí la sensación de frío.

La ascensión por las barras cruzadas del exterior del andamiaje resultaba aparatosa pues tan solo disponía del fulgor de la gibosa luna llena como iluminación. Cuando había subido a unos seis metros, casi al final del la ascensión, el pie izquierdo, que me servía de apoyo para dar el siguiente paso en mi escalada, resbaló del codo metálico en el que se encontraba alojado. Súbitamente mi cuerpo se precipitó al vacío.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2: Luces y sombras

 

«Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que se sueñan en tu filosofía».

―Hamlet―

 

 

En el último instante mi mano derecha se cerró sobre uno de los tubos de la andamiada antes de que este quedara fuera de mi alcance. El cilindro de metal rechinó bajo mi peso, del que la gravedad tiraba como si hubiera un muerto agarrado a mis tobillos El armazón se quejó con un profundo crujido. Por unos instantes me balanceé sintiendo la nada bajo mis pies y tuve la sensación de que la estructura se iba a separar del muro, yendo a precipitarse sobre la calzada aplastándonos a Ramiro y a mí en el proceso.

La descarga de adrenalina que cosquilleó por todo mi cuerpo acabó de súbito con mi estado de embriaguez. Ya más centrado, busqué con los pies un apoyo.

―¡Baja de ahí, gilipollas! ¡Que te vas a matar! ―Oí exclamar a Ramiro desde abajo. El volumen de su voz dejaba patente que trataba de mantener un tono de voz tan tenue como le fuera posible.

―¡Ya que casi me escoño tendré que subir arriba del todo, porque si no, sí que habría hecho el capullo! ―repuse mientras me encaramaba como una garrapata a una de las plataformas que coronaban la cumbre.

Me acerqué con cuidado al hueco de la pequeña ventana y, tras echar un vistazo a la vista panorámica del barrio de la Judería que me ofrecía mi posición, me acuclillé. Una ráfaga de frío viento agitó mi pelo amenazando con derribarme, lo que me obligó a asir con fuerza una de las barras metálicas del cuerpo de la plataforma. Parecía como si algún poder enigmático quisiera impedir que mirara por aquella misteriosa abertura.

Como pude apreté la cabeza contra la piedra, fría y húmeda, dado que la oquedad se estrechaba hacia el interior del edificio. Tan solo conseguí un ángulo de visión torcido e incómodo que me permitía ver vagamente una columna de piedra y un fragmento de suelo. Afiné el oído y me pareció percibir un repicar metálico parecido al de la forja de un herrero, golpes de algún objeto férreo sobre una superficie dura, con una cadencia regular.

¡Qué desilusión!, pensé, seguro que serían los restauradores que habían decidido hacer horas extra, pero, ¿hasta las tres de la mañana?

El golpeteo frenó de súbito y una voz, que en aquel momento me resultó extrañamente familiar por su desagradable tono, llegó hasta mí por el hueco de la ventana algo distorsionada por la cavernosa resonancia del interior. Por un momento me pareció atisbar, dentro del limitado ángulo de visión de que disponía, una figura encapuchada.

¿Monjes franciscanos aficionados a la albañilería entrando en la catedral a las tres de la mañana? Las explicaciones lógicas iban sonando cada vez más inverosímiles.

Por un momento el murmullo de voces que había en el interior tomó en mis oídos la forma de una frase inteligible:

―«Amo a vé, ensiende er soplete». ―Y acto seguido un ruido llameante.

Una voz azarada contestó a la primera dicción en tono respetuoso:

―La verdad es que no sé yo si este chapuz funcionará…

―«Verá» tú si todavía no te «ví a tené que dá» un correctivo. ―Un carraspeo, que por su sonido se me antojó improductivo, cerró la advertencia.

Entonces comenzaron los cánticos como un hilo musical muy tenue pero cuya polifonía indicaba que dentro de la estancia debía haber ciento y la madre.

―«¡Per Adonai Eloim, Adonai Jehová,

Adonai Sabaoth, Metatrón On Agla Mathom.

Verbum phyternicum, misterium salamandrae

cenventus sylvorum, antra gnomorum,

daemonia Coeli Gad, Almousin, Gibor, Jehosua,

Evam zariatnatmik, ¡veni, veni, veni!»

Un hedor, como nunca antes había olido y como creí que no volvería a oler en mi vida, equiparable, o eso me imagino, al aliento de un escarabajo pelotero con halitosis, comenzó a emanar del ventanuco.

Del mareo casi me caigo.

Reprimiendo una arcada me volví a asegurar en la plataforma y opté por subirme la braga calientacuellos hasta la nariz, para seguir con mi tarea de espionaje. Entonces fue un fogonazo, como el resplandor de un relámpago, lo que, del sobresalto, me hizo caer sobre mis posaderas. En la lejanía, un perro callejero aulló en algún callejón oscuro. De fondo podían oírse las apagadas súplicas de Ramiro para que bajara del andamio y nos fuéramos a casa.

Pero tan inusuales fenómenos habían captado por completo todo mi interés y no podía dejar de mirar por la pequeña ventana. Traté de aguzar mis sentidos al límite, y aún hoy desearía no haberlo hecho, porque en aquel momento comencé a oír la voz.

Era un fino hilo de voz, casi imperceptible, un confuso crepitar que se hacía a veces inaudible, a veces inaudito, de un tono cascado y seco que ponía los vellos de punta. Parecía surgido de muy, muy lejos, como si emergiera del fondo de un profundo abismo. Me trajo a la memoria las escalofriantes sicofonías que había oído en los programas de ciencias ocultas que ponían en la tele en verano a altas horas de la madrugada; poseía la misma cualidad evocadora, ese tono ajeno a toda realidad que conseguía que un miedo reflejo, subconsciente, acariciara con sus dedos gélidos la nuca de quien lo escuchaba:

―La su venida está cerca, escuchad lo que os predigo.

Uebos os es fazerlo e derramar la sangre inocente.

Así podrá quedar en este lado la su simiente,

para preparar la venida de Aquel que soñando ha de aguardar,

y la muerte en vida ge cernirá sobre este mundo, como es su voluntad.

Un silencio asfixiante cayó sobre la escena. Daba la impresión de que el tiempo se había congelado, inmóvil, muerto.

Pasados unos segundos eternos volvió a sonar la primera de las voces que oyera en el rato que llevaba subido en el andamio.

―¿Está donde «dise» tu libro?

De nuevo los pelillos de la nuca se me erizaron al oír el sonido insoportable de los fonemas de aquella voz antinatural y repulsiva.

―Tal y como en vida conuve, en el antiguo templo oculto de Poseidón, en el agua que no ha de ver la luz.

Las últimas palabras fueron extinguiéndose; parecían haber sido absorbidas por la piedra, como si esta, en su centenaria sabiduría, quisiera borrar toda evidencia de aquel eco malsano, de aquella aberración auditiva.

De nuevo un manto de espeso silencio se cernió por unos instantes sobre el edificio.

Tras semejante paréntesis el transcurso de los acontecimientos se reanudó de forma no menos inquietante. Una cacofonía de varias voces coreó en tono quedo una extraña letanía, que por unos momentos quedó fuera de mi umbral de audición.

―¡¡Ïa, ïa ―el sonido se hizo indistinguible―… fhtagn!!

Pasaron unos minutos y no volví a percibir indicios de actividad en el interior del edificio, el frío arreciaba y comenzó a invadirme el cansancio.

Cual ebria lagartija descendí de la andamiada y al llegar al suelo Ramiro me recibió con un agrio comentario:

―Hombre, por fin se ha dignado a bajar “Spiderpollas”―me espetó con mala cara, «por lo bajini».

―Ramiro ―le contesté con cara de asombro―, no te vas a creer lo que he visto…

―Venga, hombre, vámonos ya a dormir que me estoy quedando pasmado de frío ―musitó, interrumpiéndome bruscamente.

―Pero es que ahí dentro había gente, y se han oído voces, y una era muy rara, y, y…―dije tratando de ser tan coherente como el elevado grado de excitación, al que me hallaba sometido a raíz de tan insólitos acontecimientos, me permitía.

―¡Que sí, que sí, que sí! ―profirió mi iracundo interlocutor mientras me empujaba calle abajo para forzarme a avanzar―. Seguro que el guardia de seguridad se ha montado una juerga con los colegas dentro de la mezquita y están «to fumaos».

Mientras le relataba entrecortadamente lo acontecido llegamos a la altura del Arco del Triunfo. Por un momento volví la vista atrás fugazmente para echar un último vistazo al vetusto edificio, que ahora se hallaba envuelto por la más absoluta penumbra, preguntándome si todo lo que había presenciado aquella noche no eran sino desvaríos de una melopea especialmente sicoactiva.

[1] Campanas del infierno.

 

 

 

CAPÍTULO 3: Un amargo desayuno

 

«Aparentemente, todo seguiría igual, pero nos dijo que teníamos que esquivar a los forasteros por nuestro propio bien».

―Zadok Allen―

 

 

Legañas como quesos de bola y un poco de resaca. Eso era todo lo que me había deparado el despertar de aquel día nuboso y gris. Jaimito había acudido como siempre puntual a nuestra cita para ir a estudiar a la biblioteca del centro cívico, que era uno de los pocos sitios en los que podíamos estudiar en domingo. La proximidad de los exámenes de diciembre hacía que, salvo excepciones como la juerga de la noche anterior, los fines de semana se convirtieran en rutinarias estancias en los pupitres de la biblioteca. Frente a mí se hallaban Ramiro, que estaba totalmente concentrado en sus apuntes, y Jaimito, al que conocía desde la más tierna infancia, aunque a lo largo de los años había cambiado mucho hasta llegar a ser el individuo que tenía delante.

Ya desde crío había sido extremadamente delgado y de una altura superior a la media. En la infancia, su delgadez y carácter algo enfermizo habían hecho que fuera un niño tímido y pálido que siempre vomitaba en clase a primeras horas de la mañana para deleite de la limpiadora que, con paciencia, serrín, y pocos escrúpulos, era la encargada de deshacer el entuerto causado por las múltiples alergias alimentarias que hacían mella en aquel infante.

Durante los años de instituto nuestros caminos se habían separado al dejar de estar en la misma clase y Jaimito había pasado a ser un adolescente solitario que paseaba por los pasillos con una barba que habría sido la envidia del más curtido marino, el pelo rapado al uno, y embutido en un grueso chaquetón relleno de plumas que recordaba vagamente al muñeco de Michelin. Su gesto serio y distante, su parquedad en palabras, su tez pálida y su nariz aguileña le habían hecho ganarse en aquellos años el mote de «el enterrador de Lucky Luke», por su semejanza con dicho personaje secundario de cómic.

El hecho de que yo repitiera el C.O.U.[1] hizo que coincidiéramos de nuevo en clase, dándonos la oportunidad de ponernos al día. Poco a poco había ido perdiendo la timidez, a base de juergas nocturnas, partidas de rol, y demás actividades sociales. Incluso su aspecto había cambiado, y actualmente un pelado a lo John Lennon daba forma a su lacia y negra cabellera, y junto con unas gafas redondas con finas patillas de «titanio irrompible, mira, mira, las doblo y no pasa ná», le atribuían un aspecto mucho más desenfadado y abierto.

Había un problema de matemáticas que se me estaba atascando, motivo por el que anoté en un folio el enunciado y se lo pasé a Jaimito, a ver si podía ayudarme a resolverlo.

Éste cogió el papel, se lo quedó mirando un momento, concentrado, y sin levantar la vista espetó:

―Felio, esta letra tan fea no hay quien tenga cojones de entenderla.

―Pero qué dices, chaval ―repuse airado―, fea te lo parecerá a ti, que tienes menos intuición que un tornillo de estrella. Mi letra es elegante y afiligranada ―a cualquiera que siguiera el hilo de nuestra conversación le quedaba claro que las pocas ganas de estudiar estaban comenzando a hacer mella en nuestro ánimo―, es…

―Un garabato ininteligible ―sentenció, cáustico, mi interlocutor.

Ramiro levantó la vista de sus papeles.

―Niños, para estar perdiendo el tiempo vámonos a desayunar. ―Fue su proposición.

―A ver qué encontramos abierto un domingo a estas horas. ―Con esta observación Jaimito se levantó y avanzó hacia la puerta.

Tras franquear la mesa en la que el sicópata pelirrojo, que hacía las veces de guardia de seguridad, realizaba su monótona labor repantigado en su silla, desde la que nos lanzó una mirada inquisitiva que no venía a cuento, salimos a los jardines de setos bajos y parches de césped del Parque Cruz Conde.

El único sitio que encontramos abierto, en una oculta esquina, y en el que no habíamos reparado nunca, dado que no nos habíamos visto en la necesidad por hallarse abiertos otros locales mejor situados, tenía un cartel que rezaba así:

 

«FREIDURÍA RAFI MARSO

Especialistas en delicias del Atlántico»

 

Era un local pequeño que apestaba a fritanga; un cubículo de planta rectangular con paramentos rematados por azulejos blancos, pero amarilleados por la grasa de infinitas frituras, lo que le daba un aspecto desvaído y sucio. En su estrechez tenían cabida un mostrador, tras el cual había una cafetera doméstica, una freidora, un arcón frigorífico, y un par de mesas pequeñas dotadas cada una de cuatro sillas de metal negro con el respaldo redondo. Al fondo podía verse la puerta del servicio.

Antes de sentarnos en una de las dos mesas, que estaban totalmente vacías, nos aproximamos a la dependienta, una mujer de mediana edad que nos miró fijamente, con cara hosca, perforándonos con sus enormes ojos saltones. Tenía la tez mortecina, de un aspecto céreo y desagradable. Su pelo rubio, ralo y escaso, llegaba hasta los hombros, con una permanente que solo podía ser calificada como desoladora, y que hacía que sus rizos parecieran aros de patata secos, crujientes y manidos. Su mala cara iba más allá de la mala cara de cualquiera que haya tenido que madrugar para trabajar en domingo, y poseía una característica de repulsión intrínseca a su persona, rematada por un fuerte olor a pescado pasado que solo se percibía cuando se estaba muy cerca de ella, como si se hubiera echado un perfume elaborado a base de despojos piscícolas.

A pesar de que los rigores del tiempo aún no arreciaban con mucha intensidad, y menos para una persona que se pasaba ocho horas a escasos centímetros de una freidora, llevaba el cuello envuelto en una bufanda.

―¿Qué queréis? ―La señora escupió cada una de las palabras de una forma tan despectiva que si no hubiera sido la única cafetería disponible le habríamos explicado cómo usar su ampolla rectal para guardar desayunos y cartas de menú.

―Pues yo me tomaba un «colacaito». ―Comenzó Ramiro.

―¡Aquí no hay Cola Cao! ―La negativa implícita en la frase fue tajante.

Mientras mis compañeros realizaban el pedido del desayuno bajo una hostilidad y tensión crecientes, me puse a ojear un periódico que estaba abierto sobre el mostrador.

Primera noticia; esta hacía tiempo que traía cola:

«NIÑA DE 9 AÑOS CONTINÚA DESAPARECIDA»

Pobrecilla, algún malnacido la había raptado hacía ya una semana. La cosa pintaba mal.

Obvié semejante tragedia que en nada iba a mejorar si yo leía el, de seguro, morboso artículo.

Mis ojos pasaron a la segunda noticia que me llamó la atención:

«PROFANACIÓN DE TUMBAS EN LA MEZQUITA CATEDRAL

La pasada noche tuvo lugar en el insigne monumento cordobés un acto vandálico cuya consecuencia ha sido la profanación de un sepulcro.

Esta mañana, al producirse el relevo del turno de noche al turno de mañana, el guarda jurado de la empresa que gestiona la seguridad del monumento no encontró al compañero encargado del turno cesante. Al inspeccionar las instalaciones encontró que una losa de mármol blanca, ubicada en la zona del edificio correspondiente a la ampliación de Almanzor, cercana al conocido popularmente como «colmillo del elefante» que se halla suspendido del techo por dos cadenas, había sido rota, y el contenido de su interior reducido a cenizas.

Hasta el momento se desconocía que dicha losa fuera una tumba, dado que carecía de grabado o signo alguno, y no se mencionaba nada al respecto en ningún texto histórico».

Por un momento hice una pausa en la lectura y señalando el titular interpelé a Ramiro: ―¿Ves?, te dije yo que no me lo había inventado.

En ese momento la señora (o señorita, pues por su cara de amargura podía aventurarse que no había conocido varón en los últimos lustros) cerró el periódico de un manotazo.

―Si quieres leer cómprate uno.

Le faltó la palabra forastero para que aquello pareciera el previo a una bronca en un salón del salvaje oeste. La situación resultó tan chocante que revertió su efecto alcanzando una comicidad surrealista. Nos miramos entre nosotros con una cara que mezclaba sorpresa y diversión, pero optamos por no hacer ningún comentario.

Una vez sentados en la mesa, Ramiro continuó la conversación donde la habíamos dejado, hablando en voz baja para no herir posibles susceptibilidades.

―Felio, eso es pura coincidencia, macho.

―Las casualidades no existen, te lo digo yo. ¿Qué me dices del tufo a pescadilla de la tía esta? Hay unos relatos, que en teoría son de ficción, en los que los habitantes de un pueblo costero se hibridan con unos monstruos que eran como batracios humanoides, ¡y esta tía es igualita que los híbridos que describían! Estoy empezando a pensar que la realidad oculta cosas que superan la ficción.

―Eso será que tiene trimetilaminuria ―Jaimito y yo nos miramos con cara espanto―. El síndrome de olor a pescado, que lo vi en un documental, es un problema para asimilar la trimetilamina, un compuesto presente en algunos alimentos. A las tías que lo padecen se les suele agudizar cuando tienen la regla.

Ramiro estaba muy puesto en química orgánica.

―Eso explicaría por qué está tan de mala leche…―repuse yo.

―Que no, hombre ―continuó Ramiro con su argumentación―, que estás empezando a tener el síndrome de Jessica Fletcher.

Para los más jóvenes aclararé que Jessica Fletcher es el personaje que interpretaba Angela Langsbury en la serie de televisión «Se ha escrito un crimen». Era una serie de misterio en la que Jessica, una escritora jubilada con chepa y grandes dotes detectivescas, resolvía en cada episodio un caso de asesinato.

Lo gracioso es que allí donde fue Jessica a lo largo de los 264 capítulos siempre había alguien que encontraba una muerte violenta, por lo que lo extraño era que los amigos, familiares, conocidos y colegas profesionales que la invitaban a su casa o a los eventos que celebraban, la siguieran convocando, aun a sabiendas de que el mal fario de la señora rompía cualquier efecto estadístico. Lo lógico hubiera sido que nada más verla llegar hubieran huido por cualquier vía de escape practicable como ratas que abandonan un barco que se está hundiendo, y que su círculo de amistades hubiera acuñado dichos y bromas personales como «Esa idea es tan mala como invitar a Jessica Fletcher a la comunión de tu hijo», o «no me toques las pelotas, que me llevo a Jessica Fletcher a tu cumpleaños», o mejor aún: «es tan peligroso como ir con Jessica Fletcher de montería». Cosas así. Pero, al parecer, los guionistas habían pasado por alto semejante detalle.

El síndrome de Jessica Fletcher, por lo tanto, consistía en que uno creía que allá donde fuera iba a ser protagonista de un misterio que tendría que resolver, y que todo le pasaba siempre a él.

Con un gruñido de impotencia decliné seguir argumentando mi postura y me dediqué a dejar vagar mi atención por la sala reparando en la escasa pero curiosa decoración de aquel antro.

Mientras, Jaimito y Ramiro departían sobre las virtudes de Monkey Island como aventura gráfica.

Una foto en blanco y negro enmarcada en plástico rojo. Fechada en mil novecientos treinta y algo, la última cifra no se podía distinguir. Unos tipos con cara de gañanes, especialmente feos, de labios tan hinchados que me hicieron plantearme si ya existían las infiltraciones de silicona por aquel entonces, y ojos como huevos duros, o eso parecía, pues tampoco es que la calidad de la foto permitiera distinguir los detalles con demasiada nitidez, posaban con ropa de época, o sea, de cateto, al lado de una alberca. Una silueta oscura y ominosa se dejaba entrever en la superficie del agua como una mancha de sombras. Seguramente sería un fallo de revelado de la fotografía, pues la forma era demasiado extraña para pertenecer a nada que encajara en semejante contexto. Junto a la alberca, un cartel con la siguiente leyenda: Ochavillo del Río.

Al enfocar la mirada hacia otro objeto mis ojos se toparon con la penetrante observación a la que la camarera me estaba sometiendo. ¿Había ligado con semejante engendro? Cuando vi el resto de su rostro comprobé con alivio que seguía esbozando el mismo gesto de desagrado de quien está oliendo una enorme y hedionda mierda.

Siguiente ítem. Una foto de un barco de pesca. En la cubierta un pescador saludaba con la mano. Lo extraño en esta ocasión es que el marino parecía llevar puestos, en vez de guantes, unas manoplas de las que se usan para sacar bandejas del horno, pues no había solución de continuidad entre sus dedos. Seguramente sería una herramienta utilizada en algún arte de pesca que me era ajeno. Sin embargo, aquel inocente detalle causaba en las capas más profundas de mi cerebro una punzada de inexplicable inquietud.

Dónde coño nos habíamos metido a desayunar.

En la pared adyacente, un llamativo cartel: “Pregunte por nuestras exquisitas raciones de ancas de rana”. No pude reprimir un mohín de asco.

Último regalito. Un póster o lámina que representaba una visión del fondo marino, con todas las especies animales habidas y por haber. Faltaban solo los snorkels (jovencitos, googlead esto). Estaba hecho con carboncillo y no es que fuera horroroso, es que era molesto a la vista. Los tonos negros, blancos y grises, fríos y oscuros, las especies de un tamaño anormal, pululando como entes carroñeros, y unas extrañas formas que se dibujaban en el fondo (de nuevo tan solo manchas y sombras insinuantes) convertían el dibujo en una especie de test de Rorschach de dudoso gusto, nulo valor decorativo y aspecto perturbador.

De nuevo me sorprendí al comprobar que la encargada del local seguía apuñalándome con las retinas, sin perder detalle de todo lo que hacíamos.

Intercambiamos algún que otro comentario jocoso para alargar algo más el desayuno, pues incluso aquella opresiva atmósfera constituía una opción más atractiva que volver a sentarnos frente a los apuntes. Pero finalmente, frías ya las migas de las tostadas en los platos, decidimos regresar a nuestros puestos de estudio.

¿Cómo era posible que no hubiéramos reparado antes en semejante local?

El resto del día transcurrió con normalidad, aunque en mi mente subyacía una extraña sensación de turbación, que quizás si hubiera aumentado de intensidad habría acabado dándome algo de gustico, pues por lógica se habría tratado de más-turbación. No entendía cómo podían ser tan parecidas dos palabras con efectos tan dispares entre sí.

La realidad parecía estar dando una vuelta de tuerca mostrándonos su lado más enigmático y misterioso. Era como si mi consciencia tuviera una maleta llena de ideas, de las cuales algunas eran artículos deleznables, carentes de importancia, mientras que otras eran piezas de un extraño rompecabezas, pero aún no había podido distinguirlas entre sí.

Tras la jornada de estudio de la tarde regresé a casa a eso de las nueve. El patio seguía como siempre: dos fachadas de ladrillo visto enfrentadas entre sí. Al fondo una alta pared blanca que era el lateral del edificio contiguo, y que el hijo mayor de la Lourdes, una de las vecinas más dominantes, solía usar para jugar al frontón, sin importarle que el ruido molestara al resto de vecinos, que la pelota a veces se escapara e impactara sobre algún niño distraído, o que la pared quedara llena de topos grises.

Mientras subía por los desgastados peldaños que conducían al piso de mis padres, oí un ruido, una estampida de pasos que bajaban en tropel.

Al momento me hice a un lado para no ser arrollado por una manada de chinos. Al piso de encima de mis padres se habían mudado Xn chinos. Sí, digo bien, dado que desconocíamos el número concreto.

Para nosotros, no acostumbrados a las particularidades de su fisonomía, resultaban indistinguibles, y estábamos seguros de que el número de ocupantes era superior a ocho e inferior a infinito. A veces bajaban veinte, a veces tres, a veces niños, a veces mujeres, a veces grupos mixtos… La única forma en la que se me ocurría que semejante poblado pudiera caber en un piso tan pequeño era que dormían apilados en filas de cuatro, unos encima de otros, cada fila en perpendicular a la inferior, como si fueran palitos de merluza del Capitán Pescanova, arrejuntados en una suerte de Jenga[2] carnal.

―Buenas noches ―me saludó cordial la única persona que conocía del grupo. Se trataba de María, o ese era el nombre occidental que había adoptado para que a los nativos no se nos hiciera un nudo en la lengua al intentar pronunciarlo, según nos había contado mi vecina Palmira, que a los dos meses de haberse mudado los orientales ya era conocedora de toda su vida y no dejaba de repetir que había que ver lo que la querían María, el chino Paco y todos sus subalternos. La nostalgia me trajo a la cabeza al chino Cudeiro. Pena que no se hubiera mudado también al piso, aunque en realidad fuera japonés, como el programa de la tele que lo hizo famoso.

Los que la seguían podían ser perfectamente el chino más pobre de China, Chin Lú Chin Agua Chinná, y el más rápido, Chiunn, porque, repito, era imposible distinguirlos entre sí.

Aproveché para ejecutar un truco que llevaba tiempo guardando en la manga.

―Ni hao.―Fue mi contestación. Su significado era ‘hola’. Me lo había enseñado Antoine, que estaba aprendiendo chino porque estaba convencido de que en un futuro a corto plazo los chinos iban a dominar el mundo.

Chiunn, o Chin Lu, no sabría concretar cuál de los dos, me miró con cara de flipado, miró a su acompañante, incrédulo, y me volvió a mirar, como si no se creyese lo que acababa de oír.

―¡Ni hao! ¡Ni hao! ―exclamó riendo mientras asentía repetidamente con su enorme cabeza. Al sonreír me enseñó una dentadura que parecía los restos de un choque de trenes.

Una vez hubieron pasado de largo se les podía escuchar, dado que, en discreción, lo que se dice unos ases no eran, riendo y repitiendo entren sí: ¡Ni hao! ¡Ni hao!

Podía decirse que ya había realizado mi buena obra del día. En los peldaños que restaban hasta la puerta de mi hogar me embargaron reflexiones relativas a estos nuevos vecinos. La verdad es que cuando uno pensaba en tener un vecino chino, tan influidos por los estereotipos cinematográficos y televisivos como estamos, imaginaba siempre a un anciano oriental, al estilo del maestro Po, el maestro de kung fu, o a Chow Yun Fat (quien a pesar de su segundo apellido, no está nada gordo) que con exótica sabiduría le mostrara los secretos de las artes marciales, o que le ayudara en los momentos de dificultad con consejos cargados del saber de su milenaria cultura. Pero como la vida no es una serie, las personas que vivían en encima de nosotros eran emigrados de zonas rurales de China, personas sencillas con sus peculiaridades etnográficas incluidas, como escupir en la escalera, hablarse entre sí a gritos, aunque fueran las 3 de la madrugada, también en la escalera, o cocinar cosas que olían a rayos, por suerte en sus cocinas, y no en la escalera, aunque los aromas acabaran inundando ésta última.

Una vez en el umbral de casa llamé al timbre, pero nadie respondió. Mi madre debía de estar en casa de los vecinos. Cerré los ojos e inhalé profundamente para preparar mis meninges de cara al estrés al que iban a ser sometidas en los próximos minutos y, resignado, toqué en su puerta.

Ante mí, cual genio surgido de lámpara maravillosa, se materializó mi vecina: dos bolas de grasa, músculo y carne, unidas a una tercera que hacía las veces de cabeza, forrada por una cabellera negra y rizada y que portaba unas gafas de pasta marrón oscuro. Su tez morena me sonrió.

―¡Ayyyy! ¡Si está aquí mi principito! ¡La niña de mis ojos! ¡El…―Iba ya más de una década escuchando las mismas lisonjas por su parte, por lo que, con un «Buenas, Palmira», penetré en el piso. Pasé por el salón, con sus estanterías de color caoba preñadas de figuritas de lo más kitsch, con su espacio en el centro de losetas ajedrezadas, en plan pista de baile setentera, y llegué al salón.

―Buenas, maestro ―espeté a Arturo, el marido de Palmira, que se hallaba sentado frente a la tele en actitud de concentración, con una libreta en la mesa y un boli en la mano.

La vecina, que me había seguido, me reconvino con rapidez:

―¡Shhhh, calla, que Arturo está escribiendo! ―Esta última palabra la pronunció abriendo mucho los ojos, con la mirada fija, y con tal grandilocuencia que daba la impresión de que me encontraba ante Nietzsche en pleno proceso de creación de Así habló Zaratustra.

―Es que creía que mi madre estaba aquí. Tendrá usted que dejarme la copia de la llave, que las mías las olvidé en casa…―Traté de susurrar para no perturbar al genio que se devanaba los sesos en el salón. Arturo tenía en el rostro grabados la concentración y el esfuerzo. Sacaba la lengua por la comisura derecha de la boca mientras ejecutaba trazos con su boli Bic, totalmente abstraído.

No pude evitar fijarme en tan intrigante documento. Con la letra de un niño pequeño que, a pesar de ser diestro, intentara escribir con la mano izquierda en mitad de una crisis epiléptica, estaban anotadas las siguientes revelaciones: «Er» toro «peza kiniento kilo»… Franco «izo mucho pantano»… Islero «mato» a Manolete… ―mis dotes detectivescas se activaron; Arturo había estado viendo, a saber, los toros y algún documental sobre pantanos o sobre la vida del Caudillo― «Evaj» te «qita er oló» a bacalao «der sho…».

Esto último no pude relacionarlo muy bien.

En realidad, a pesar de lo estrambótico del asunto, el hecho de que mi vecino pudiera escribir, en sí, ya tenía mérito. La suya no había sido una vida fácil. Nacido en un pueblo sevillano de la Andalucía más rural y profunda, obligado a ser el lacayo del cacique de turno que ostentaba el cortijo en el que los padres de Arturo trabajaban como guardeses, había padecido los rigores de la posguerra, el hambre, y la falta de acceso a una educación formal, hasta que finalmente había podido huir de semejante entorno a Córdoba en busca de una vida mejor. A su manera, era un genio multidisciplinar autodidacta.

Palmira me sacó de mi ensimismamiento al mostrarme la llave atravesada por un pequeño círculo de cordel elástico blanco.

Desconozco lo que soñé aquella noche, pero la mañana siguiente me despertó con un regusto de desazón en el ánimo y un pesado fardo de fatiga, signos inequívocos de que mi sueño había sido agitado y poco reparador.

[1] Curso de orientación universitaria.

[2] Juego de habilidad física y mental, en el cual los participantes deben retirar por turnos bloques de una torre (formada por bloques de madera cruzados) de 18 niveles de altura y colocarlos en su parte superior, hasta que ésta se caiga.

  • Historias que no contaría a mi madre
  • Idioma Castellano
  • Traducción:
  • 298 páginas
  • Formato Tapa blanda
  • ISBN 978-1492371342

Deja tu comentario sobre este libro